Cultura
| Crónica |
7.AGO.2024
Del paraíso y del infierno. Parte 4. Última historia verdadera / Günter Petrak
6:15 PM. Tomé el autobús hacia la ciudad de México (el DF, en aquella época), donde cambiaría a otro con dirección a Puebla. El asiento vacío que había a mi lado se ocupó en Saltillo. Era una joven de sonrisa hermosa. Yo no deseaba hablar, no podría haber mejor metáfora para mi abatimiento que el paisaje desolado que veía por la ventana. En otros escritos he dicho que la memoria inventa y que todo relato termina siendo ficción; pero hay personas, lugares, objetos que pueden ser nombrados y existen. He hurgado en mis papeles y apuntes, pero no encuentro el nombre de la chica con quien finalmente comenzaría a charlar y pasaría un par de días. Una coincidencia curiosa comenzó a salvarme del abismo, ella cumpliría años en un par de horas, el 1 de agosto, y se me ocurrió invitarle una cerveza en la siguiente parada. Nos tomamos un six entre los dos, mientras transcurría ese viaje al fin de la noche. Desvelados, llegamos a la capital y con un gesto, tal vez atrevido, aquella hermosa sonrisa materializada en cuerpo me invitó a su casa en la colonia Romero de Terreros. Ella y su hermano hicieron el plan para el festejo de cumpleaños, iríamos a ver una obra de teatro con Héctor Bonilla en el Poliforum Siqueiros y a la fiesta en casa de la actriz Pilar Pellicer, con quien tenían parentesco. Solo que… Cuando viajo lo hago ligero de equipaje, una mochila. Esta vez sólo llevaba un pantalón blanco, arrugado, además de los jeans sucios que llevaba puestos y un par de camisas, también ajadas. El hermano de N o X o… sacó un burro de planchar, una plancha, me pidió las prendas a utilizar y se puso manos a la obra. Fue un gesto inolvidable, y, en su simpleza, un punto de inflexión, quizá, el comienzo de un aprendizaje para el resto de mi vida. Disfruté el monólogo de Héctor Bonilla, pese a mi ignorancia en cuestiones de teatro y cuando llegamos a la fiesta, en el Pedregal de San Ángel, me sumergí en una atmósfera desconocida para mí, conocí la música de Bob Marley, el olor a marihuana, artistas poco conocidos, pero de charla seductora… Pronto comenzaría a reconciliarme conmigo mismo, a desechar el rencor que me habitaba desde niño, a comprometerme. Al llegar a Puebla, me incorporé al Taller Literario del INBA, dirigido por el maestro Miguel Donoso Pareja, en el que había sido aceptado, y me uní al CMSPS (Comité Mexicano de Solidaridad con el Pueblo Salvadoreño). Ahí conocí a D… pero esa es otra historia…