Kilométricos siglos de textil, pigmento, piel y arcilla
tendrían que pasar para que este lugar fuera Alejandría
en las volutas del polvo el paisaje tropezaba y distinguía
el arremolinado dédalo en las hojas del lienzo sin salida.
Cordel de lodo, tiza y papel
hoguera de la caligrafía
hierática obra negra
perpetuo cincel del escriba.
Una contratapa detenía paisaje y estampa
en los cuernos de la creciente medialuna
arrancar intermedios pliegos era la usanza
almanaque de adobe, vocablo y tintura.
Manuscrito donado, encontrado, prestado
dedicado al olvidado con el paso de los días
heterogéneo alifato que no se extinguía
en la digital cloaca de la moderna cañería.
El esqueleto de la alocución y la escritura
irrigó en el calendario de su agrimensura
inacabable colofón e índice sin sepultura
silencio del verbo en estridente ruptura.
No era Constantinopla, Éfeso, Nínive o Nisa
pero el actual tiempo la deshace en trizas
en el artificial paisaje de la instantánea prisa
la casa de la palabra etérea es ruina y ceniza.
Entre sillas, anaqueles, hojas, mesas y letreros
tormenta y tempestad de estrellas de mar en el cielo
relámpagos y truenos del diluvio de Tánatos y Eros
arcano silabario del hierofante Papyrus Cyperus.
La voz de un perdido pergamino
escribió en él un murmurante sigilo
salir del hades entre agaves y tinto
vereda y ruta de elegíaco destino.
Me corrieron del insano sistema educativo
volviéndome asceta de libreros y libros
en el verso no sustantivo de un mundo primitivo
marea de la palabra en este horizonte transcurrido.
La biblioteca de Tehuacán fue hospital y presidio
nací en ella y la rima me encerró en su exilio
en el espiral de su escalinata y enormes muros
epifanía de paralelos y alternativos mundos.
Tlacuilo: Martín Barrios Hernández.
Tehuacán, Ciudad de Indios, Mayo de 2026.
Abajo las ruinas de la biblioteca de Éfeso.